viernes, 19 de junio de 2026

Simetría, ritmo y cultura en un textil Angualasto

 





La historia de Angualasto parece surgir desde los márgenes del desierto, entre canales de riego, caravanas de llamas y figuras grabadas sobre la piedra. Aunque los restos arqueológicos de esta antigua cultura del norte sanjuanino eran conocidos desde el siglo XIX, recién durante el siglo XX comenzaron a entenderse como parte de una red cultural mucho más amplia, conectada con el noroeste argentino, el norte de Chile y posiblemente, con antiguas tradiciones andinas del Perú.

Los primeros investigadores encontraron similitudes en la cerámica, los textiles y ciertos objetos rituales que permitieron relacionar a Angualasto con otras culturas prehispánicas de la región. Algunos hallazgos despertaron especial fascinación: cuerpos momificados conservados con sus vestiduras originales, escudos decorados con mosaicos de malaquita y piezas de metalurgia sofisticada. Objetos que no solo hablaban de tecnología y artesanía, sino también de símbolos, creencias y poder.

A finales de la década de 1990, nuevas excavaciones dirigidas por el arqueólogo Mariano Gambier volvieron a poner a Angualasto en el centro de atención. En tumbas excavadas bajo tierra aparecieron momias del desierto acompañadas por ajuares funerarios cuidadosamente preservados: cerámicas, armas, objetos de bronce y ornamentos de piedra verde. Muchas de estas piezas recordaban a las descriptas décadas antes por Alberto Rex González, uno de los grandes referentes de la arqueología argentina.

Pero quizás lo más interesante de Angualasto no sea solamente lo que dejó enterrado, sino la imagen de sociedad que empieza a reconstruirse a partir de esos restos.

Durante mucho tiempo se pensó que las culturas de esta región habían sido relativamente pequeñas o aisladas. Sin embargo, la evidencia arqueológica muestra otra cosa: Angualasto habría sido una sociedad agrícola y ganadera altamente organizada, capaz de transformar el paisaje mediante una enorme red hidráulica. Canales matrices, derivadores y sistemas de riego aprovechaban vertientes, arroyos y los cursos del río Blanco-Jáchal para irrigar miles de hectáreas en zonas extremadamente áridas.

En medio del desierto, el agua era literalmente una forma de poder.

Gracias a esta infraestructura, la producción agrícola podía sostenerse junto a una intensa actividad ganadera basada en la cría de llamas. Las caravanas habrían conectado Angualasto con rutas comerciales que atravesaban el desierto de Atacama y llegaban hasta territorios de La Rioja, Catamarca y el norte chileno. No circulaban únicamente alimentos: también viajaban símbolos, técnicas y objetos de prestigio.

Las tabletas para aspirar alucinógenos, la cerámica diaguita, las piezas Copiapó negro sobre rojo y diaguita clásico y ciertos objetos decorados con malaquita sugieren vínculos culturales complejos. Lo interesante es que estos elementos aparecen integrados dentro de contextos locales, mezclados con objetos claramente propios de Angualasto. No parecen residuos de intercambio ocasional, sino señales de relaciones sostenidas y profundas.




Cerámica proveniente del norte de Chile







Cerámica proveniente del norte de Chile







Cerámica proveniente del norte de Chile







Cerámica proveniente del norte de Chile







Escudo Angualasto







Rueca Angualasto





Escudilla Angualasto con síntesis de cresta y ojo de ave






Tapa de urna Angualasto con plumas de aves




Tapa de urna Angualasto







Tapa de urna Angualasto




Algo similar ocurre con el arte rupestre.

Los petroglifos y geoglifos encontrados en la región no son simples decoraciones aisladas. Muchos aparecen en rutas de tránsito o en zonas estratégicas del paisaje, como si funcionaran como marcas simbólicas del territorio. Algunas figuras representan animales, pastores o motivos geométricos que también aparecen en textiles y cerámicas. Entre ellas destaca la figura del cóndor, interpretada por algunos investigadores como un símbolo asociado al movimiento, el intercambio y quizá incluso al comercio caravanero.





Petroglifos de Las Juntas del A. Colangüil





Petroglifos de Agua Blanca aguas arriba





Calco de petroglifo de Conconta





Geoglifo del Río Blanco Jáchal



La imagen que emerge es la de una cultura dinámica, conectada y sofisticada, muy distinta de la idea de comunidades dispersas sobreviviendo en un ambiente hostil. Angualasto parece haber sido parte de una red económica y simbólica que unía distintos mundos andinos mediante rutas, rituales y tecnología hidráulica.

Sin embargo, todavía quedan preguntas abiertas.

Una de las más importantes es cuál fue exactamente la relación entre Angualasto y el Imperio Inca. Hasta ahora, las evidencias encontradas en algunos sitios del valle de Iglesia no muestran una presencia incaica directa, aunque sí existen zonas cercanas donde aparecen caminos, puestos de control y cerámicas vinculadas al Tawantinsuyu. Tal vez Angualasto haya permanecido parcialmente autónoma, o quizás su relación con el Inka haya sido más comercial que política.

Como ocurre con muchas culturas prehispánicas, parte de su historia permanece fragmentada entre ruinas, símbolos y silencios del paisaje. Pero cada excavación parece confirmar algo: en los valles áridos del norte de San Juan existió una sociedad capaz de dominar el agua, organizar extensas redes de intercambio y construir una identidad cultural propia en diálogo constante con el mundo andino.



Descripción y análisis


Uno de los hallazgos más fascinantes de la cultura de Angualasto no es un arma ni una pieza de cerámica, sino un tejido. Una tela rectangular encontrada envolviendo el cuerpo de una mujer enterrada hace más de seis siglos en Punta del Barro, al norte de San Juan. A primera vista puede parecer simplemente una manta decorada, pero observada con detenimiento revela algo mucho más complejo: una manera de pensar el espacio, el ritmo y los símbolos.

La pieza fue hallada en 1998 durante excavaciones dirigidas por el arqueólogo Mariano Gambier. Formaba parte del ajuar funerario de una mujer adulta enterrada en una tumba de pozo y cámara. El cuerpo, cuidadosamente acomodado en posición fetal, conservaba aún detalles extraordinarios: un peinado dividido al medio con rodetes laterales, un tatuaje con el motivo de la espiral doble sobre el rostro, sandalias de cuero rojo decoradas y una vincha adornada con cuentas de malaquita.

El entierro entero parece haber sido pensado como una composición visual y simbólica.

La mujer estaba envuelta en textiles de gran sofisticación técnica: ponchos, camisetas, cinturones de hilos teñidos, bolsas decoradas, cestos, plumas de ñandú y objetos asociados al tejido y al trabajo cotidiano. Entre todos esos elementos, esta gran tela rectangular destaca por su intensidad visual y por la extraña tensión entre complejidad e irregularidad.




Estructura de simetría del textil



El tejido mide aproximadamente un metro y medio de largo y fue realizado con técnica de tapiz, una forma de tejido donde la trama domina completamente la superficie. Sin embargo, lejos de la perfección geométrica que suele asociarse a los grandes textiles andinos, esta pieza presenta deformaciones, cambios abruptos y una ejecución irregular. Los bordes son ondulados, la densidad de los hilos cambia constantemente y muchos motivos parecen transformarse sobre la marcha.

Y, aun así, el resultado produce una sensación de enorme complejidad visual.

Quizás allí reside parte de su fuerza.

La tela está organizada en diez franjas paralelas recorridas por espirales dobles escalonadas que cambian de forma, tamaño y orientación. Los colores —rojos intensos, azules, verdes, ocres y tonos crudos— se combinan de manera dinámica, generando ritmos zigzagueantes que parecen desplazarse por toda la superficie.

Más que un diseño estático, el tejido parece moverse.

Las espirales se encadenan, se reflejan, se invierten y se deforman. Algunas recuerdan figuras geométricas; otras parecen insinuar alas, ganchos o cuerpos en transformación. Hay momentos donde la composición se organiza casi como un espejo, y otros donde rompe deliberadamente cualquier simetría perfecta.

El análisis formal del tejido muestra que detrás de esa aparente irregularidad existe una lógica visual precisa. Los motivos se repiten siguiendo principios de simetría, abatimiento y alternancia cromática. Cambia el color, cambia la orientación, cambia el tipo de enlace entre las formas, pero permanece una estructura profunda que organiza el conjunto.

Es como si el tejido trabajara constantemente entre orden y variación.

Uno de los aspectos más sugestivos es la posible relación entre estos diseños y la figura del cóndor. Algunos investigadores han señalado que ciertos motivos presentes en textiles, petroglifos y objetos rituales de Angualasto podrían representar aves estilizadas, especialmente cóndores en vuelo. Las líneas diagonales, las formas escalonadas y las espirales encadenadas generan composiciones que evocan movimiento aéreo, desplazamiento y expansión.

No sería extraño. En muchas culturas andinas, el cóndor aparece asociado a lo sagrado, al tránsito entre mundos y a las rutas de intercambio. Y Angualasto parece haber sido precisamente eso: una cultura atravesada por el movimiento.

Lo interesante es que esta manta no transmite sofisticación a través de la perfección técnica, sino mediante la acumulación de pequeñas variaciones. Cada franja modifica algo: una espiral cambia de dirección, un gancho desaparece, una línea se convierte en “S”, un color invierte su posición. El tejido nunca se repite exactamente a sí mismo.

Tal vez por eso conserva una presencia tan contemporánea.

Hay algo sorprendentemente moderno en esa mezcla de estructura y desborde, de patrón y accidente. Como si el o la tejedora hubiese trabajado más cerca de una lógica orgánica que de una geometría rígida. El diseño parece crecer, desplazarse y transformarse mientras avanza sobre la superficie.

Y quizá ahí aparezca una de las preguntas más interesantes: ¿hasta qué punto estos textiles eran solamente objetos utilitarios o funerarios, y hasta qué punto funcionaban también como sistemas visuales capaces de transmitir identidad, memoria o cosmología?

Porque en culturas donde el tejido ocupaba un lugar central en la vida social y ritual, las telas no eran simples adornos. Eran lenguaje.

Un lenguaje hecho de color, repetición y ritmo.


Tipos de organización simétrica:

Lo más llamativo de este tejido de Angualasto no es solamente su complejidad visual, sino la manera en que esa complejidad parece escapar constantemente de cualquier regla rígida. A diferencia de otros textiles andinos donde la repetición geométrica produce una sensación de estabilidad y control, aquí el diseño se mueve en otra dirección: repite, sí, pero nunca de manera idéntica.

El orden aparece a través de la variación.

Las espirales dobles, los triángulos escalonados y las líneas quebradas se trasladan, se reflejan, se invierten y se deforman a lo largo de toda la superficie textil. Hay simetrías, pero son inestables. Hay ritmo, pero nunca completamente previsible. El tejido parece construido a partir de pequeñas desviaciones continuas.

En términos visuales, esto genera una sensación extraña: la manta mantiene unidad, aunque cada fragmento sea distinto del anterior.

Los investigadores describen distintos tipos de organización simétrica presentes en la pieza. Algunas formas avanzan horizontalmente como si fueran secuencias musicales; otras se desplazan en diagonal atravesando las franjas; otras crecen desde el interior de las espirales como movimientos concéntricos. A esto se suman inversiones especulares, cambios de orientación y formas que parecen plegarse sobre sí mismas.

La espiral doble funciona como el núcleo de todo el sistema.

Pero esa espiral nunca es exactamente la misma. A veces adopta formas semejantes a una “S”, otras a una “C”, una “Z” o combinaciones híbridas. En ciertos sectores aparece encadenada; en otros, aislada o fragmentada. El motivo permanece reconocible aun cuando cambia constantemente.

Es como escuchar una melodía improvisada sobre un mismo patrón rítmico.



























Esa lógica flexible resulta fundamental para comprender el arte de Angualasto. Lo importante no parece ser la repetición exacta de un modelo, sino la capacidad de transformar continuamente un mismo motivo sin perder su identidad. El sistema visual funciona por parentescos, no por copias.

Por eso algunos investigadores hablan de relaciones “catamétricas”: formas diferentes entre sí, pero unidas por una lógica común. No hay una geometría cerrada, sino una red de semejanzas en expansión.

Y esa manera de organizar las imágenes no aparece solamente en este tejido.

También puede verse en la cerámica, en los petroglifos y en otros objetos rituales de Angualasto. Las mismas tensiones entre curva y recta, entre simetría y deformación, entre repetición y variación, reaparecen constantemente en distintas materialidades.

Las vasijas, por ejemplo, suelen presentar deformaciones visibles. Las bases no siempre guardan proporción con el cuerpo de la pieza y muchas irregularidades no fueron corregidas por el artesano. Sin embargo, esas “imperfecciones” conviven con decoraciones extremadamente sofisticadas, donde figuras geométricas y contraformas se organizan en composiciones complejas.

Algo parecido ocurre con el arte rupestre.

Las imágenes grabadas sobre piedra no se desarrollan como composiciones centradas o estables, sino como sistemas abiertos que podrían continuar indefinidamente. Las formas se enlazan como ramificaciones: espirales, líneas quebradas, figuras duales y motivos que pueden leerse tanto como fondo o como figura dependiendo de la mirada.

El antropólogo francés Gilles Deleuze llamaría a esto una lógica rizomática: estructuras que crecen sin centro fijo, expandiéndose mediante conexiones múltiples más que por jerarquías rígidas.

Y quizás esa idea describa bastante bien la estética de Angualasto.

Porque lo verdaderamente notable de este tejido es que parece haber sido confeccionado en distintos momentos, incluso posiblemente por distintas manos, y aun así mantiene coherencia visual. La unidad no depende de seguir un patrón exacto, sino de compartir una lógica interna profundamente incorporada.

Como si los autores no copiaran un diseño terminado, sino una forma de pensar el diseño.

Eso explicaría por qué la manta puede cambiar constantemente sin perder identidad. El motivo se adapta, se estira, se simplifica o se complica, pero continúa siendo reconocible para quienes pertenecían a ese universo cultural.

También abre una posibilidad fascinante: que estas imágenes no fueran meramente decorativas, sino parte de un lenguaje simbólico profundamente internalizado.

La hipótesis del cóndor aparece nuevamente aquí. Muchos de los elementos geométricos —las espirales concéntricas, los triángulos escalonados, los movimientos oblicuos— podrían ser síntesis visuales de partes del ave: ojos, cuello, cresta, alas. Pero el tejido no representaría un cóndor de manera literal, sino una abstracción dinámica de sus atributos.

Un cóndor convertido en ritmo.

Sin embargo, la cuestión sigue abierta. Algunos elementos funerarios hallados junto al tejido —plumas tropicales, objetos provenientes de regiones selváticas, torteros decorados y otros materiales exóticos— sugieren conexiones culturales más amplias. Tal vez no se tratara únicamente del cóndor andino, sino de un universo simbólico mucho más complejo donde distintas aves, territorios y tradiciones se entrelazan.

En cualquier caso, este textil parece hablar de algo más profundo que un simple ornamento funerario.

Habla de una cultura que entendía la imagen como transformación continua. Donde el orden no surgía de la repetición mecánica, sino de la capacidad de variar sin romper la unidad. Donde un motivo podía expandirse indefinidamente, como una red, como una ruta caravanera, como un río atravesando el desierto.


Fotografías y dibujos: Adriana Varela, Andrea Méndez y Américo Díaz. Este artículo se escribió en el marco del programa institucional Conocimiento y Difusión de la Prehistoria de San Juan Instituto de Investigaciones y Museo Profesor Mariano Gambier, Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes, Universidad Nacional de San Juan.






--

Adriana Varela
Investigadora en Arte Rupestre y Cerámica Indígena

miércoles, 12 de julio de 2017

Entrevista en Canal 8 (Los tesoros de San Juan)

Rescato muy particularmente de esta nota los dos modos de concebir el Patrimonio: Elementos de gran valor -cual tesoros- convertidos en instrumento de poder personal o de un grupo de "entendidos" o bien como lo heredado de nuestro pasado para mostrarlo, difundirlo, compartirlo; ya que son bienes de toda la comunidad. Los  habitantes  de San Juan se merecen conocer para valorar y disfrutar ésto y mucho más del Patrimonio Arqueológico de San Juan!! (Pater,Moneo).

domingo, 2 de julio de 2017

La prehistoria de San Juan en un galpón


Otra mirada de la Institución Museo
Cuando pensamos en un Museo tenemos la tendencia a pensar que es una colección de objetos, con un guión que lo interpreta, de hecho el logo que lo identifica es el pórtico de un templo griego. 

Templo como indicador de museo

Ahora bien, ¿quién es el supuesto Dios al que vamos a adorar pasivamente desde la pura visualidad? En los museos tradicionales, este Dios es la interpretación del científico, cuya tendencia es considerar el pasado como algo concluso y cerrado, nada se puede tocar.

Las nuevas tendencias con respecto a la concepción del museo intentan sustituirla por otra que es la de patio o foro y no la de templo, como lugar de interacción que implica la participación del visitante como público heterogéneo (a nivel de edad, con diferencias sociales, culturales y de interés diverso).


Foro como espacio de interacción y participación


Esta nueva concepción de la actividad, implica que un museo además de ser una colección con un guión (para mí interpretativo) debe ser un espacio para la educación no formal, informal, un lugar lúdico, un espacio pedagógico y un atractivo turístico.

Desde esta mirada debería involucrar a todos los sentidos, no sólo a una visualidad pasiva del visitante, ya que sino el saber científico se convierte en algo mudo como las viejas colecciones del siglo XIX.


Para ello hace falta una fuerte articulación entre Museología, Investigación, Orientadores pedagógicos, Comunicación audiovisual interna y externa y, sobre todo además de un espacio adecuado para ello, la decisión de que la UNSJ como custodio de los bienes arqueológicos de la provincia actúen conjuntamente con el Gobierno de la Provincia de San Juan en un edificio propio y adecuado a estas nuevas corrientes.


Museo Arqueológico Numba Charabá de Carlos Paz, Córdoba (un ejemplo):

Invitación a la pintura corporal

Taller de cestería

El titiritero facilitador pedagógico y lúdico

Creando mi propio títere

El visitante después de participar no sólo se lleva la experiencia sino la producción de su aprendizaje


Pasemos ahora al Museo arqueológico de la Universidad Nacional de San Juan, Mariano Gambier (galpón).

Se encuentra ubicado en una zona industrial (ruta nacional 40, lateral este entre Progreso y Calle 5, de difícil acceso), en un gran galpón que la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes alquila. Carece de espacios abiertos o de lugares de recreación o de educación no formal, con graves problemas de señaléctica.

Vista aérea


Al ser un galpón sin ventanas, en verano la temperatura es 5° mayor que en el exterior y en invierno 5° inferior, lo cual afecta la conservación de los restos orgánicos (textiles, granos, momias, etc.). Además de ser inhumano para el personal que allí trabaja. La salida de emergencia con que cuenta es inapropiada, ya que sale al fondo de la casa del propietario del galpón.


Parte de la exhibición que reúne distintos momentos temporales generando confusión en el visitante


Elementos de la cultura de la influencia de Aguada, manos piramidales, esquematizaciones por procesos de metonimia (nombrar el todo por las partes), del culto al felino, fuentes pequeñas que no sirven para moler granos.



Finalmente estimo y es mi apreciación muy personal que se requiere de un ámbito adecuado, para tanta riqueza material como decisión política gubernamental conjuntamente con la Universidad Nacional de San Juan.


Otra vista de la saturación de objetos de la Cultura de la Aguada, sin su contextualización

Parte lateral izquierda objeto de hueso que prueba el culto al felino y su vinculación con el noroeste argentino. Parte superior derecha: un tembetá que es un adorno perforante que se colocaba en el labio inferior, semejante a los actuales piercings



A la izquierda microescultura (pincho) de un llamo montado por un niño. Al costado estatuilla de una llama. Al costado derecho pequeña cuchara de cobre (posiblemente para aspirar alucinógenos). La falta de una grilla por parte de un diseñador, la saturación de los colores del fondo y de la cartelería dificultan y agotan la visualización de los objetos.

Si bien fueron ofrecidos dos espacios vinculados con el circuito museístico de la Capital: Av. Córdoba y Las Heras y en Las Heras esquina Juan Bautista Alberdi, en el año 2003, donde se podía construir el predio (no sólo es el edificio), se optó por alquilar el mencionado galpón (ex depósito de la Coca Cola).


Obsérvese el cartel en la columna en una cartulina forrada en polietileno


En la parte superior gabinetes negros con botoneras rojas, con textos en audio, excesivamente largos, que el visitante termina por no escuchar. El museo carece de guías formados para interactuar con el visitante


¿A qué fardo funerario pertenecían estas fajas y cordones?

Considero que los sanjuaninos merecemos que nuestros bienes arqueológicos declarados Patrimonio Cultural de la Provincia de San Juan dejen de estar hacinadas en un galpón. Además de requerir un cambio de paradigma (foro en vez de templo, participar en vez de sólo mirar), necesitamos un edificio digno por la riqueza y los bienes que allí se encuentran, de los cuales la Universidad Nacional de San Juan es su custodio.